“Protegidos por unos anteojos negros para la luz (que es demasiada, aun para mi, que vengo del trópico, por la falta de filtro de las nubes ausentes), y por una chaqueta ligera para el aire nocturno, se siente durante la mañana y la tarde una temperatura benévola. Solo al mediodía se adivina el horno del verano; (…)” (Pág. 37)
Héctor Abad Faciolince, Oriente empieza en El Cairo.
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