diciembre 31, 2010

Despedida de El Cairo

"El viajero sedentario"

“Querida ciudad de El Cairo: me gustaba más tu cara antes de conocerte. De tu cuerpo no puedo decir nada todavía porque te cubre de arriba abajo una densa y opaca vestidura de polvo” (Pág. 26)
“El Cairo sobrevive gracias al Nilo, pero el Nilo es una corriente, no una ducha. La lluvia es una ducha y a todo, aquí, le hace falta una ducha. Los edificios no pueden hacerse un baño de inmersión en el rio, ni las calles ni las aceras, y todo está cubierto por una capa de arena y polvo. Entonces todo necesitaría una ducha. Ese es el primer impacto; aquí no llueve agua sino arena.” (Pág. 33)
“Todos los días, en adelante mientras esté en El Cairo, sufriré una especie de asma psicológica: no quiero aspirar este aire” (Pág. 34)
“Los Cairotas ni siquiera se lo cree, y miran con desdén hacia el árido cielo, espejo del desierto, donde una nube blanca pasa, etérea, llevada por el viento, sumida en el desasosiego y la impotencia” (Pág. 34-35)
Héctor Abad Faciolince, Oriente empieza en El Cairo

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