Hace rato quería una foto con mi bici para que vieran la nave en la que ando montada. A la pobre (pero adorada) bici la compré en 20 euros, un segundazo (o como tercerazo o cuartazo porque desconozco su promiscuo pasado) de manos de una salvadoreña (Nancy). Se que ella la quería tanto como yo, recuerdo cuando me la entregó con un seguro que a los pocos días boté. Por fortuna, mi papá me había regalado uno en Bogotá (muuuuuuuuuuuucho más barato y para la misma función que los que se consiguen acá), porque por más estrelladita que esté (luz rota, no le funciona el dínamo), no hay que dar papaya. Y para la muestra un botón: a Carolina le robaron la popular (así apodada por Manuel) “garramóvil” (no más imagínensela!!!!) al frente de nuestra casa…¡no lo podíamos creer! (¡Gracias por la foto Shankar!)
El 30 de mayo, en medio de esos días absurdamente pesados del Research Design, alguno en la casa dijo “¡Vamos a dar una vuelta en bici!”, y ni cortos ni perezosos, todos excepto Caro O. que estaba superclavada con la presentación del Design para el día siguiente, fuimos, con nuestro siempre fiel Shankar.
Tomamos la vía de la playa (Strandweg) y rodeamos varios de los lugares del complejo del puerto; finalmente dejamos nuestras bicis al otro lado del puerto y caminamos un poco por la arena y las entradas al mar, para ver desde lo lejos un paisaje único en medio de la nada: el mar casi caribe que nos recibía, el sol reflejándose en las lejanas ventanas de los hoteles y el cielo cubriéndose de nubes violetas y grises. La paleta de colores de este día fue única.
La lluvia nos obligó a regresar al máximo de nuestra capacidad (me encanta andar a toda en bici aunque ya se lo que me puede pasar…). La oscuridad a correr por nuestra vida (o sea que no nos pusieran multa por no tener luces). Las gotas de lluvia y Caro nos dieron la bienvenida en Seinpostduin 3.
junio 19, 2007
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