La mayor colección de objetos del Antiguo Egipto, incluído el gran tesoro de Tutankamón, fueron el escenario para empezar a enfrentarnos a El Cairo difícil, el del tráfico de locura en una ciudad de 16 millones de habitantes, en donde difícilmente se respetan las señales de tránsito, y hay que hacerse el loco para cruzar una calle. Si las advertencias sobre las intenciones de engañarnos no se habían demorado, menos lo fueron las acciones en sí. El primer encuentro fue cerca al Museo con un pseudoitaliano intentando vendernos algo.
Esto fue después de lograr ubicarnos en un hostel en el que tú habías hecho reservaciones, afortunadamente, puesto que nunca encontramos el hostel recomendado por Hugo... al llegar a la calle de un mercado nocturno, como en las varias ciudades que habíamos visitado en Europa, descubrimos que no sabíamos los números en árabe... no habían numeración tradicional para nosotros en las placas y solo teníamos la dirección con nuestro sistema... La habitación del hostel en donde nos quedamos daba contra la recepción, era una casa vieja, en donde las paredes se habían pintado al estilo nubio.
Las fotos prohibidas no faltaron... el Museo fue una larga e interesante colección de objetos y la necesaria introducción al país que estabamos empezando a recorrer. Las condiciones de estrés nos hicieron sentar en las escaleras del museo a meditar palabras dichas y no dichas en una aventura que no pintaba como nada de lo que antes habíamos vivido.
“Se viaja con un doble sueño: que no te conozcan a la ida, que note reconozcan al regreso. Volverse anónimo, viajar de incognito, ser otro, dejar atrás el que eras” (Pág. 15)
Héctor Abad Faciolince, Oriente empieza en El Cairo.
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